viernes, 18 de mayo de 2012

Luciano, el pollito, y mis poderosas ganas de no casarme


¿Me casaría? “No”, es lo que pienso ahora, o incluso “absolutamente no”. Ya la idea de tener una relación seria con alguien me aburre. Llamadas todos los días o casi todos los días. Mensajes de texto todo el tiempo, o casi todo el tiempo. Una persona en mi casa con la que interactuar o toda una familia de personas con las que interactuar en una cena una martes x, padres, hermanos, todo un grupo de amigos diferentes, yo, con las pocas ganas que tengo 5 de cada 7 días de interactuar con la mayoría de MI grupo de amigos. Hablar sin ganas, reírme sin ganas, coger sin ganas: me conozco, todo eso empieza al mes de una relación. Y eso es si REALMENTE me gusta.
Por alguna razón, esto es lo primero que pienso hoy, después de que la conchuda de Gizmo me hiciera saltar de la cama con un ladrido que empezó siendo un grito o un tractor explotando, mientras yo todavía estaba en un sueño. “WA!?”, y de repente estoy en mi colchón algo nervioso. Después el conchudo de Baco con más ladridos. Después un par de conchuditos en la calle se suman, como en 101 dálmatas. Después el conchudo de Hiram, que intenta ayudar pero sólo logra hacer más ruido: “¡Baco!¡Gizmo!”. “¡Hiram!”, grita el hemisferio izquierdo de mi cerebro (el hemisferio derecho está todavía pensando en el pollito). En seguida ambas mitades se ponen a hablar del matrimonio, mientras yo termino de despertarme.
Hace un rato tenía un pollito. Lo había encontrado mi amigo Luciano cuando pasábamos por la ahora abandonada cancha de fútbol 5 de nuestra infancia. Ahora era de noche y parecía que había sido de noche durante meses para el Córner Club. Los ventanales ya no tenían cristales y si las canchas tenían algo de arena antes ahora se podría decir que algún gracioso había tirado algo de pasto sintético sobre un montón de arena. La imagen era bastante deplorable. “Voy  a buscar un vidrio”, es lo que me pareció oír decir a Luciano, pero volvió con una especie de pato negro, que no puedo jurar por mi madre que esa cosa haya sido realmente un pato. Lo cierto es que seguimos derecho por el corredor por el que veníamos, con el pato negro en la mano. No voy a hablar de los próximos minutos del recorrido porque no me lo acuerdo, pero para cuando llegamos al final lo que antes era una cosa amorfa se había convertido en un hermoso pollito amorfo. Algo así como la historia del patito feo, a diferencia que se transformó en un pollito y no en un cisne, y que la explicación venía por el lado de “de tanta patada que le dio la gente”. Por lo visto el pato iba caminando por el piso durante el camino, y había mucha gente en ese corredorcito, gente que le fue sacando las plumas negras con el empeine.
El punto es que ahora era un pequeño pollito amarillo que corría entre cientos de pies. Decidí agarrarlo y tuve que apretarlo entre mis pies para que no siga moviéndose. Lo apreté medio torpemente y sus ojos se agrandaron y su boca quedó así: O, como si fuese de hule. Lo levanté (estaba bien, los pollitos son resistentes) y empecé a caminar de nuevo a donde lo habíamos encontrado. Me parecía que eso no era lo que la naturaleza había querido para ese pollito.
Cuando llegué a las canchas de fútbol abandonadas me encontré con una mujer que tenía un carrito (¿o eran dos carritos?) de supermercado, con una enorme caja blanca adentro. Puse al pollito adentro con el resto de los pollitos. Estaban todos puestos de forma ordenada, como si se tratara de cosas que no se movieran. De hecho el mío era el único pollito que se movía, los otros parecían ser pollitos militares o algo. En fin, puse al animalito medio por ahí escabullido y me fui. De repente: “¡WA!”. La conchuda de Gizmo me despierta con su demenciar matutino y pienso en estar soltero toda mi vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario