¿Me casaría? “No”, es lo que
pienso ahora, o incluso “absolutamente no”. Ya la idea de tener una relación
seria con alguien me aburre. Llamadas todos los días o casi todos los días.
Mensajes de texto todo el tiempo, o casi todo el tiempo. Una persona en mi casa
con la que interactuar o toda una familia de personas con las que interactuar
en una cena una martes x, padres, hermanos, todo un grupo de amigos diferentes,
yo, con las pocas ganas que tengo 5 de cada 7 días de interactuar con la
mayoría de MI grupo de amigos. Hablar sin ganas, reírme sin ganas, coger sin
ganas: me conozco, todo eso empieza al mes de una relación. Y eso es si REALMENTE
me gusta.
Por alguna razón, esto es lo
primero que pienso hoy, después de que la conchuda de Gizmo me hiciera saltar
de la cama con un ladrido que empezó siendo un grito o un tractor explotando,
mientras yo todavía estaba en un sueño. “WA!?”, y de repente estoy en mi
colchón algo nervioso. Después el conchudo de Baco con más ladridos. Después un
par de conchuditos en la calle se suman, como en 101 dálmatas. Después el
conchudo de Hiram, que intenta ayudar pero sólo logra hacer más ruido:
“¡Baco!¡Gizmo!”. “¡Hiram!”, grita el hemisferio izquierdo de mi cerebro (el
hemisferio derecho está todavía pensando en el pollito). En seguida ambas
mitades se ponen a hablar del matrimonio, mientras yo termino de despertarme.
Hace un rato tenía un pollito. Lo
había encontrado mi amigo Luciano cuando pasábamos por la ahora abandonada
cancha de fútbol 5 de nuestra infancia. Ahora era de noche y parecía que había
sido de noche durante meses para el Córner Club. Los ventanales ya no tenían
cristales y si las canchas tenían algo de arena antes ahora se podría decir que
algún gracioso había tirado algo de pasto sintético sobre un montón de arena.
La imagen era bastante deplorable. “Voy
a buscar un vidrio”, es lo que me pareció oír decir a Luciano, pero
volvió con una especie de pato negro, que no puedo jurar por mi madre que esa
cosa haya sido realmente un pato. Lo cierto es que seguimos derecho por el
corredor por el que veníamos, con el pato negro en la mano. No voy a hablar de
los próximos minutos del recorrido porque no me lo acuerdo, pero para cuando
llegamos al final lo que antes era una cosa amorfa se había convertido en un
hermoso pollito amorfo. Algo así como la historia del patito feo, a diferencia
que se transformó en un pollito y no en un cisne, y que la explicación venía por
el lado de “de tanta patada que le dio la gente”. Por lo visto el pato iba
caminando por el piso durante el camino, y había mucha gente en ese
corredorcito, gente que le fue sacando las plumas negras con el empeine.
El punto es que ahora era un
pequeño pollito amarillo que corría entre cientos de pies. Decidí agarrarlo y
tuve que apretarlo entre mis pies para que no siga moviéndose. Lo apreté medio
torpemente y sus ojos se agrandaron y su boca quedó así: O, como si fuese de
hule. Lo levanté (estaba bien, los pollitos son resistentes) y empecé a caminar
de nuevo a donde lo habíamos encontrado. Me parecía que eso no era lo que la
naturaleza había querido para ese pollito.
Cuando llegué a las canchas de
fútbol abandonadas me encontré con una mujer que tenía un carrito (¿o eran dos
carritos?) de supermercado, con una enorme caja blanca adentro. Puse al pollito
adentro con el resto de los pollitos. Estaban todos puestos de forma ordenada,
como si se tratara de cosas que no se movieran. De hecho el mío era el único
pollito que se movía, los otros parecían ser pollitos militares o algo. En fin,
puse al animalito medio por ahí escabullido y me fui. De repente: “¡WA!”. La
conchuda de Gizmo me despierta con su demenciar matutino y pienso en estar
soltero toda mi vida.
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