lunes, 6 de agosto de 2012

Disney GIGANTE


-        Oh, disculpe. – dijo el primer señor al chocar atropelladamente su carrito contra el pie de un segundo señor.
-        Despreocúpese – dijo el segundo, orden que el primero obedeció sumisamente, despreocupándose.
Yo estaba viendo una revista que tenían al costado de la caja. Era el comic Disney Gigante. Me acuerdo de tener montones de esas revistas cuando era chico, y me las devoraba como una máquina trituradora. Me vinieron a la mente mil historias.
-        Debería recordarle que lo que usted posee ahí parecen ser once unidades, cuando el cartel claramente dice que diez debería ser el límite. – retomó el segundo hombre.
-        ¿Pero con qué derecho y cara emprende usted lo osadía y el descarado acto de mirar dentro de mis compras personales? – se quejó el primero. – Haga el favor y manténgase pendiente de sus propias cuestiones.
-        Creo que todo el mundo tiene el deber, ¡no!, la OBLIGACION moral de vigilar que las reglas están siendo cumplidas en todo momento y por todos los individuos en el campo de visión de la persona que mira. Y en cuanto a lo de sus, entre comillas, “compras personales” – aclaró el segundo con la mímica de dos pares de orejas de conejo en el aire – usted todavía no las ha intercambiado por su valor en dinero, y hasta que no haga dicha transacción, sus compras personales son meros elementos públicos.
Después de decir esto, y para ilustrar su punto, el segundo señor tomó una lata de arvejas del carrito del primero y lo puso en el suyo propio. Ninguno pareció notar que la mujer de la tapa de la revista de fisicoculturismo era igual a Joe Pesci.
-        ¡Devuélvame inmediatamente eso! – exclamó el primero y trató de tomarlo del carrito del segundo, pero éste se le interponía, duro como una estatua, cortándole el acceso a unos agitados y débiles bracitos. – ¡No sea bobo, hombre!
-        ¡Mire, no se pase usted! No hay necesidad para los insultos. Deje de actuar como un niño.
-        ¡Lo insulto todo lo que quiero, cara de mono! ¡Ahora devuelva lo que ha robado!
-        Fila – interrumpí yo. Los dos señores se adelantaron unos pasos. El primero atropello con el carrito al segundo. Esta vez no pareció ser un accidente. La cajera es una flaca que se parece al perezoso de La Era de Hielo. Eso está mal.
-        ¡Me ha chocado de vuelta! – saltó el hombre. - Dudo de las probabilidades de que las dos veces hayan sido un accidente.
-        Devuélvame mis arvejas. – dijo calmado. – No quiero tener que ponerme violento.
-        Con que quiere sus arvejas… - dijo el segundo hombre. En este momento, y a causa de que las arvejas se encontraban fuertemente atrapadas entre los dedos del hombre, la lata de arvejas se vio obligada a colisionar violentamente contra el lado izquierdo de la cabeza de la otra persona.
-        Oigan caballeros, no sé qué asuntos están tratando de resolver acá pero quiero traer a consideración la injusticia de ser involuntariamente sometido a formar parte de esta escena que están montando, sin mencionar la chance de terminar abollado por disputas que francamente no me conciernen.
La lata tenía un buen argumento. Yo la escuché, porque no estaba ocupado doblándole el brazo a un tipo, ni tratando de liberar mi brazo de un tipo que me lo está doblando, pero justo las dos personas a las que iba destinado estaban forcejando, con la mente en quién sabe qué.
Me compré la Disney Gigante al final. Salía 40 pesos y me pareció que tenía cierto valor sentimental volver a tener una. O sea, es una mierda ahora que la leí de grande, pero hay algo en las hojas descoloridas, la paleta de colores opacos y el olor a casa de salud del papel que hace que la vida de un hombre que fue sucesivamente golpeado con una lata de arvejas no se haya perdido en vano.