-
Oh, disculpe. – dijo el primer señor al chocar
atropelladamente su carrito contra el pie de un segundo señor.
-
Despreocúpese – dijo el segundo, orden que el
primero obedeció sumisamente, despreocupándose.
Yo estaba
viendo una revista que tenían al costado de la caja. Era el comic Disney
Gigante. Me acuerdo de tener montones de esas revistas cuando era chico, y me
las devoraba como una máquina trituradora. Me vinieron a la mente mil
historias.
-
Debería recordarle que lo que usted posee ahí
parecen ser once unidades, cuando el cartel claramente dice que diez debería
ser el límite. – retomó el segundo hombre.
-
¿Pero con qué derecho y cara emprende usted lo osadía
y el descarado acto de mirar dentro de mis compras personales? – se quejó el
primero. – Haga el favor y manténgase pendiente de sus propias cuestiones.
-
Creo que todo el mundo tiene el deber, ¡no!, la
OBLIGACION moral de vigilar que las reglas están siendo cumplidas en todo
momento y por todos los individuos en el campo de visión de la persona que mira.
Y en cuanto a lo de sus, entre comillas, “compras personales” – aclaró el
segundo con la mímica de dos pares de orejas de conejo en el aire – usted todavía
no las ha intercambiado por su valor en dinero, y hasta que no haga dicha transacción,
sus compras personales son meros elementos públicos.
Después de decir esto, y para
ilustrar su punto, el segundo señor tomó una lata de arvejas del carrito del
primero y lo puso en el suyo propio. Ninguno pareció notar que la mujer de la
tapa de la revista de fisicoculturismo era igual a Joe Pesci.
-
¡Devuélvame inmediatamente eso! – exclamó el primero
y trató de tomarlo del carrito del segundo, pero éste se le interponía, duro
como una estatua, cortándole el acceso a unos agitados y débiles bracitos. – ¡No
sea bobo, hombre!
-
¡Mire, no se pase usted! No hay necesidad para
los insultos. Deje de actuar como un niño.
-
¡Lo insulto todo lo que quiero, cara de mono! ¡Ahora
devuelva lo que ha robado!
-
Fila – interrumpí yo. Los dos señores se
adelantaron unos pasos. El primero atropello con el carrito al segundo. Esta
vez no pareció ser un accidente. La cajera es una flaca que se parece al
perezoso de La Era de Hielo. Eso está mal.
-
¡Me ha chocado de vuelta! – saltó el hombre. - Dudo
de las probabilidades de que las dos veces hayan sido un accidente.
-
Devuélvame mis arvejas. – dijo calmado. – No quiero
tener que ponerme violento.
-
Con que quiere sus arvejas… - dijo el segundo
hombre. En este momento, y a causa de que las arvejas se encontraban
fuertemente atrapadas entre los dedos del hombre, la lata de arvejas se vio
obligada a colisionar violentamente contra el lado izquierdo de la cabeza de la
otra persona.
-
Oigan caballeros, no sé qué asuntos están
tratando de resolver acá pero quiero traer a consideración la injusticia de ser
involuntariamente sometido a formar parte de esta escena que están montando,
sin mencionar la chance de terminar abollado por disputas que francamente no me
conciernen.
La lata tenía un buen
argumento. Yo la escuché, porque no estaba ocupado doblándole el brazo a un
tipo, ni tratando de liberar mi brazo de un tipo que me lo está doblando, pero justo
las dos personas a las que iba destinado estaban forcejando, con la mente en
quién sabe qué.
Me compré la Disney Gigante al
final. Salía 40 pesos y me pareció que tenía cierto valor sentimental volver a
tener una. O sea, es una mierda ahora que la leí de grande, pero hay algo en
las hojas descoloridas, la paleta de colores opacos y el olor a casa de salud
del papel que hace que la vida de un hombre que fue sucesivamente golpeado con
una lata de arvejas no se haya perdido en vano.
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