viernes, 29 de junio de 2012

O reventadinha do bar


               Era la primera reventada de bar que veía en mucho tiempo, pero eso no era lo que más me llamaba la atención. Lo mejor del asunto era que estaba en Brasil, y era la primera reventada de bar brasilera que veía en mi vida.
               El tipo de la barra era un uruguayo buena onda, que era también uno de los dueños y tenía un buen gusto en música. Mientras el resto de la gente cruzaba la calle al baile yo me quedaba tomando tranquilo, fumando tranquilo y escuchando buena música que a veces incluso elegía yo.
El primer día que fui estaba tomando una cerveza con mi hermana y mi cuñado. Ya había hablado con el tipo un buen rato y nos caímos bien. Tan bien que mientras tomaba cerveza con mi hermana y mi cuñado se acercó y me dijo para fumar un porro. Le dije que sí y lo prendió ahí mismo. Después de todo, ¿de qué sirve ser el dueño de algo si no podés fumarte uno donde se te cante el orto? Así que estábamos fumando. “Ah, sí, fumo” les dije a los demás, que se habían enterado poco tiempo antes, cuando dije “sí” y empecé a fumar.
Al rato me quedé solo. Tomaba otra cerveza y miraba una de las morbosas fotos de los cigarros. Creo que era un feto siendo montado por un San Bernardo o algo así. Brasileros enfermos.
¡Pumba! Algo me da en la espalda. Como si “brasileros enfermos” fuese una especie de “Candyman”, una vieja reventada se materializo de la nada en mi omóplato. Pobre reventada. Es la prueba viviente de que el planeta está de hecho girando. No se puede ser tan duro con estos gusanos de tequila. Así que sólo me di vuelta y la miré. La miré ir de acá para allá, de allá para ahí, de ahí casi al piso, pero no, de ahí a la pared, con excelente autocontrol de sus demonios. Era El Lago de los Cisnes de éter. “Taaaa tarararará tará…”. Precioso.
Todo esto lo hacía con una mano alzada, dos dedos al aire, el índice y el mayor, que iban y venían repetidos y vibrantes a su boca. Tardé en darme cuenta que estaba pidiendo un cigarrillo. No hablaba, parecía recién salida de un ropero abandonado en la Amazonia. Se comunicaba con la poesía del cuerpo.
Se abalanzó sobre mí cuando vio que la estaba mirando. Todos los demás estaban tratando de ignorarla. Yo estaba como un niño que había abierto su regalo de cumpleaños y era una reventada de bar brasilera, así que apuntó a uno de los dos Gonzos que vio y, embocándole al real,  se me tiró arriba con la mano formando un dos. Casi me hace un piquete de ojos, pero la contuve con el antebrazo, lo que en el Super Nintendo sería el botón de Block. Funcionó y quedó quieta en un solo lugar por primera vez. Saqué un cigarrillo y se lo puse entre los dedos. Miré el feto siendo montado por el San Bernardo y miré a la reventada. Pensé en si sería así de fácil conseguir trabajo como fotógrafo de cajas de cigarrillos. Mierda, podría haber sido el precursor de las fotos en las botellas de whisky, y ahora estaría hablando de ella como la responsable de que yo amasara semejante fortuna.
En seguida prendió el cigarrillo (y cuando digo prendió quiero decir le prendí) y se puso a contornear su pálido y desnutrido cuerpo al ritmo de Sympathy for the devil. Pedí un whisky y sólo sonreí. Empezó a mover su cuello como un perro a punto de vomitar y aleteaba sus brazos como un perro a punto de vomitar de tan borracho que estaba. “Bukowski le entraría a eso como el héroe que era” pensé. Yo por mi parte ya estaba a punto de darme vuelta y seguir con mis asuntos. Nunca le escuché la voz. Podría haber sido Guatemalteca por todo lo que sé.

La biblia según el padre de Alvaro


-        Armad y fumad todos de él, pues este es un porro de mi propio ventichíncue – dijo Jesús alzando una roquita de paraguayo.
Pedro se apresuró a cantar el dos, a lo que Jesús le contestó que en ese caso él debía ser quien lo armara. Si no así cualquiera. Pedro pensó en que no sabía armar y enseguida cambió y gritó que tenía el tres. El problema en realidad era que armaba re lento, y las miradas expectantes de los demás sólo complicaban más las cosas. A veces alguna de las demás personas no podía tolerarlo más y se lo arrebataba fisuradamente de las manos, diciendo dame acá, y tenía que quedarse con el consuelo de tener el tres. Esto no era muy justo para los demás, que enseguida murmuraban y lo tildaban de cualquiera, a él y a todo el asunto.
-        ¡No! – dijo alguien que no sé el nombre. – Después del dos pasa a ser ronda. Y estoy yo en el tres.
-        Pero quedo último - se quejó él mirando la ronda, y su mente contaba “6, 7, 8…”. – Noveno.
-        Alguien tiene que ser el noveno – argumentó perfectamente otro tipo. Ese tipo caía siempre que alguien estaba por armar. Tenía el cinco.
-        ¡El primero en tocar los tres palos! – gritó otro y salió corriendo. La cancha de fútbol estaba como a tres cuadras. Nunca volvió.
-        Octavo – dijo el primer tipo que no sé el nombre. – Algo es algo.
Después otro tipo sacó una tortuga de la mochila y la tiró lo más lejos que pudo. Ahí Jesús, que permanecía indiferente hasta ese momento, intervino:
-        Yo la tiro más lejos que eso.
¡Era una apuesta!
Es sorprendente cómo algo se puede desvirtuar tanto y tan rápido.

miércoles, 27 de junio de 2012

Putas fanáticas de Rembrandt


Llegamos a lo de Claudio como una hora y media tarde. Le dije que tuvimos problemas con la cerradura de casa, que me parece una de las mejores excusas. También me gusta usar la de “teníamos que esperar al sanitario por un problema con la grasera” o la de “tuvimos que esperar el bondi como media hora porque no nos paró uno”. Este último exige un mínimo de actuación de aflicción así que trato de usarlo lo menos posible. No soy buen actor y Natalia menos. Esa funcionó de una, así que antes de terminar de decir “cerradura” yo ya me estaba agarrando un pebete.
Claudio no es de la clase de personas que entienden un “nos re boludeamos”, pero no indaga mucho en las excusas tampoco. Lo importante para él es que hayamos llegado, y, por más que ninguno de los dos tenía ganas de ir, igual no queríamos no ir, cosa que tiene más sentido en el mundo real que en la gramática.
En fin, llegamos y nos sentamos. Hicimos un saludo general porque todos nos conocemos demasiado como para andar esquivando gente y haciendo piruetas. Claudio nos ofreció whisky, que acepté con gusto. Natalia prefirió tomar Coca Cola porque tenía que trabajar temprano al otro día. Una de las razones por las que llegamos tarde fue por quedarnos a terminar un vino, así que entendí que un whisky para ella no era sólo un whisky. No le insistí.
En frente nuestro estaban Sergio y Guillermo. Probablemente llegaron justos porque viven heterosexualmente juntos. De cada uno de sus lados estaban Felipe y Martín, que también deben haber llegado juntos porque viven homosexualmente juntos. A la derecha estaba María, la novia de Claudio, y su amiga Flavia. Flavia y yo no nos llevábamos bien por alguna razón. O sea, me parecía una intelectualoide de mierda fanática de Rembrandt, pero realmente no era por eso. Supongo que era porque María me caía tanto mejor antes de juntarse con ella. Ahora no se podía hablar de una película sin que alguna de las dos dijera que las películas eran los libros de los idiotas y la otra dijera “cierto, cierto”. Aunque sabía que las dos las veían. Hablaban horas y horas sin parar sobre lo mierda que era Hollywood y yo les decía que Hollywood es tan necesario como Mc Donald’s en el mundo. A veces necesitas no pensar en lo que estás comiendo, sólo comer. Que el mundo necesitaba su basura tanto como sus tesoros para sobrevivir. Ellas repetían que “bla bla bla guiones de mierda” y que “bla bla bla actores de mierda”. Y yo repetía “pueden no mirar si quieren. El libre albedrío sigue estando de moda”. Pero eso no me molestaba. Era todo. Todo lo que era María y lo que es María + Flavia.
Claudio volvió con un vaso de whisky y me lo dio. Le dije gracias y se sentó al lado de María. Hablamos un poco de lo que estábamos haciendo. Yo no estaba haciendo nada, como siempre, Claudio estaba a punto de terminar una novela sobre algo que no entendí, Natalia les contó sobre sus exámenes, y María habló sobre una obra de teatro que estaba haciendo, en la cual Flavia era la protagonista. “Es sobre una madre…” decía - “Yo” interrumpía Flavia – “que tiene un hijo que tiene el síndrome de Down”. Y después algo de que el down quería ser ciclista.
Apenas llegó a un punto dije “Ahí va. ¿Y cómo va esa novela?”, mirando a Claudio. María estaba prácticamente que contando toda la obra. Cuando dijo que el down no sabía para qué lado se pedaleaba dejé de darle bola. Claudio me dijo “Ahí… buscándole un final.” María interrumpió diciendo “Hace tres meses que le está buscando un final. Seguro que va por la mitad recién”. Claudio se rió nervioso y siguió: “Es difícil cerrar una novela”. “Si no sabés escribir”, agregó ella. Natalia trató de rescatar la situación con un “No es nada fácil escribir. Sobre todo una novela. Lleva tiempo.” Flavia saltó diciendo que “No todas las personas están hechas para escribir. Por más que lo intentes.” Claudio rellenó su vaso de whisky y se lo tomó de un trago. “Bueno, a mi me parece que de todas formas tiene su mérito” amortiguó Natalia.
Esto siguió por quince minutos más o menos. Dejé de hacer preguntas sobre el tema para no tirarle más centros a María y a Flavia, que estaban cagando a pelotazos a Claudio, que hace cinco minutos que no hablaba y seguía embutiéndose pebetes y rellenando su vaso.
“¿Y esa banda?” se me ocurrió preguntarle al fin. “El último toque habían siete personas” contestó María. “Cuatro estábamos en la lista y los otros tres era unos pelotudos que se ve que fueron porque van siempre”. “Sí… es que era un miércoles. Viste que los miércoles…” empezó a decir Claudio, pero fue interrumpido por un “nadie va a ver una banda de mierda un miércoles. Si son los Buenos Muchachos ta…”. Claudio miró a María y ella le contestó “si hicieran temas nuevos…”. Claudio me ofreció más whisky y se volvió a llenar el vaso.
Pensé en dejar de darle manija a María para que no le rompiera más los huevos así que empecé a hablar con Sergio, pero mientras daba vuelta la cabeza escuché de fondo: “Si no te hubieses comido las papas hoy temprano…”. La meada seguía y probablemente siguiera hasta el fin de los tiempos. Me desentendí completamente de ese asunto.
“Si te pones así te pego una voladora en la garganta” le dije a Natalia. “Por favor sí” me contestó.

How to disappear completely


               Me sentía bien en esa época. Realmente bien. Tenía trabajo por primera vez en mi vida, había conseguido un disco compilado de Sigur Ros y cada vez que lo escuchaba me hacía sentir como que realmente me gustaba la gente. Lo escuchaba en el bondi, mirando gente en la calle tratando de sobrevivir lo mejor que les era posible, como yo. Todos eran como yo. Pequeños problemas, pequeñas soluciones, pequeñas alegrías, más pequeños problemas, y así seguía. A veces grandes problemas, a veces grandes soluciones. No podía juzgar a nadie porque todos hacían lo que podían, como yo, lastimando y sanando, jodiendo y jodiéndose todo el tiempo. Me sentí parte de un Todo, lleno de jirafas recién nacidas tratando de mantenerse de pie. Nada importaba en realidad. Si te atrasabas cinco minutos más en el supermercado por estar atrás de una vieja (que en esos momentos son señoras mayores o viejitas), ¿qué importaba? Pensabas en “qué bueno esa viejita, que llegó hasta ser viejita, y seguro tiene tantas historias que contar”.  Estaba contento. Trabajaba, tenía plata, si quería iba al supermercado y me compraba la propia comida (todo esto escuchando Sigur Ros), me compraba un whisky, volvía a casa, sin computadora, y escuchaba música, y fumaba un porro, y tomaba whisky, y mi corazón aullaba y aullaba, como el de Kerouac aullaba. A veces escribía, a veces no escribía nada en absoluto. A veces borraba felizmente cosas de mierda que había escrito el día anterior, porque no puedo escribir de buen humor. Llegaba a casa, armaba uno y lo fumaba escuchando capaz que a Benny Goodman, capaz que no. Comía lo que tenía que comer, y salía con mi whisky, a tomar hasta que algún indigente se sumara, y tomábamos todo, y hablábamos y comprábamos más, y tomábamos, y pedíamos monedas para llegar a un vino, y yo me reía y todos nos reíamos y tomábamos más y más, sea verano u otoño o primavera o invierno, reíamos. Y esa era una buena época. Leía a Burroughs o a Henry Miller  (¡y mierda que si era inmune a Henry Miller en esos días!) o a Hemingway, o buscaba por librerías a Céline, que nunca encontré y nunca leí. Esos eran los días de Sigur Ros. Cuando, de vez en cuando copiaba ese disco que escuchaba y se lo regalaba a gente al azar en el bondi, en la calle, como un verdadero palometa, a cualquier persona, sin esperar nada a cambio más que dejar al menos una banda a un desconocido por si al día siguiente me atropellaba una camioneta.
En esos días tenía mucho menos que ahora, pero tenía sí, una especie de espíritu quijotesco, que transformaba en Dulcinea a todo lo Aldonza Lorenzo del mundo. Y tuve un enamoramiento con alguien, por supuesto, en esa época. Y tuve por quién ponerme nervioso y estúpido, y le regalé también ese disco. Y a veces llegaba tarde a trabajar porque si ella llegaba tarde, y yo estaba en la puerta fumando hasta que la viera, entonces yo también llegaba tarde.
No era tanto ella lo que me interesaba, si no que sentía la necesidad de amar algo de manera especial una vez que ya lo estaba amando todo. Fue la primera persona a la que le di ese disco, más que para escucharlo, para tener un tema de conversación la próxima vez que nos veamos. Y esa vez no llegó. O llegó demasiado tarde.
Al día siguiente me enteré de que la habían echado. Antes de darle el disco había tenido una conversación con ella. Me dijo que la estaban por echar porque prácticamente no trabajaba. No me gustaba por el sólo hecho de que alguien me tenía que gustar; me gustaba desde que me di cuenta que había alguien que de hecho le estaba poniendo menos esfuerzo que yo al trabajo. Después de enterarme de eso no podía evitar escuchar su risa mientras escuchaba la radio, en el momento en que debía de estar trabajando como el resto de nosotros. Nos separaba la pared de mi cubículo, así que no podía verla mientras se reía, entonces la esperaba en la puerta a la entrada, me tomaba mis almuerzos cuando la veía tomándose los suyos, y la esperaba de vuelta a la salida. Todo esto para verla. No sabía que decirle. En la puerta era fácil no hablar pero almorzando solos en la misma mesa era todo más incómodo. La primera vez no fue tan mala porque en media hora se puede cubrir lo más básico de conocer a alguien, aunque no había tenido en cuenta lo mucho que me incomoda que la gente me mire mientras como. Estaba tratando de ser alguien más, diferente a mí. La clase de personas que se vuelven tus amigos en una oficina, porque se toman el descanso al mismo tiempo y son macanudos. La mayoría de esos almuerzos sirvieron para probar justamente lo contrario. Silencios incómodos, bocados demasiado grandes para hacer mientras comes con otra gente. Cada vez que tenía que hacerle señas de que no podía contestar porque tenía la boca llena de pollo me sentía más humillado y la boca se me secaba y el pollo se transformaba en papel que no parecía terminar de mascarse nunca y me era difícil tragar. Ese era tiempo suficiente como para que ella dejara de fingir interés. Si al menos hubiese hablado con la boca llena. Hay algo en los malos modales que te hacen algo así como un forajido para las mujeres. La clase de cosas que hacen que Charles Bronson coja. Pero no, no podía evitar mi vergüenza, y me ponía la servilleta en la boca para eructar una especie de “perdón”.
Lo cierto es que la echaron, y por los próximos días yo estaba de arriba a abajo buscando una forma de contactarme con ella. Esto todavía seguía siendo parte de la aventura de mi nueva vida. Buscar a la chica, decirle que te gusta, llegar al aeropuerto antes de que se vaya a Paris. Todo eso. Pero cuando hable con unos de sus amigos y le pedí el celular me dijo que esperara porque no tenía autorización de dármelo. Capaz que no con esas palabras. Le mandó un mensaje y yo esperé a cuclillas en su cubículo esperando la respuesta. Le sonó el celular y la respuesta fue “Perdón. Dice que tiene novio.” Me tomé el descanso del almuerzo ahí mismo.
Eran las once y cuarto de la mañana y yo entraba a las diez. Me senté solo en la mesa de la cantina a comer un triste pedazo de pastel de carne. Me enchufé los auriculares y escuché el Kid A. Ya nada importaba. La gente entraba y salía de los baños y balbuceaban un “buen provecho” que yo no escuchaba. Mi mente estaba perdida en la salsa blanca, pensando en qué contento que estaba simplemente regalando discos en el bondi, o en la calle; en lo poco que realmente me importaba si ese disco tenía ántrax y las familias inocentes que podían morir sólo porque algún miembro se había cruzado conmigo. No me importaba realmente nada la gente. Y a la gente no le importaba lo que alguien le diera en el camino. Escuchaba una y otra vez How to disappear completely, viendo por el costado del ojo como las manchas iban y venían, y yo era un fantasma que una vez se atragantó en la cantina de la oficina y pasaba toda la eternidad revolviendo su pastel de carne. Sólo que tenía todavía un horario que cumplir, así que volvía a mi cubículo, que ahora era una jaula para ratas, y escribía y suspiraba y escribía y suspiraba y los segundos pasaban por minuto y los minutos por horas y las voces eran tan altas y la gente feliz me rompía las pelotas, y lo único que yo quería era comprar un whisky y salir y hablar con indigentes y capaz que hasta reírme un poco con ellos.

Héctor el bebé


El otro día nació el hijo de un amigo. Se llama Héctor. Esto me dejó totalmente atónito, dado que no sabía que un bebé podía llamarse Héctor (a la gente pensando cosas como “eso es ridículo”, trate de imaginarse un bebé llamado Héctor. NO SE PUEDE).
Mi entendimiento era que: cada cinco o diez años, aparecían sobre la faz de la Tierra, treinta o cincuenta mil Héctors que se repartían equitativamente por lugares estratégicos del mundo. Y desde su primer momento de vida, todos estaban en sus cincuentaytantos. El Héctor no sabía lo que era la infancia. Andar en bici, nadar en el río usando una cuerda atada a un árbol como liana, poner bombas brasileras en los buzones. No había ningún Héctor en Las Aventuras de Tom Sawyer.
¡Y no lo había! Todo tenía sentido. ¿Por qué debe venir ahora una pareja y presentarme a un Héctor hecho y derecho (los doctores dicen) de no más de unos pocos días, como evidencia de que mi vida hasta este punto fue una mentira? ¿Fue esa realmente la mejor manera que se les ocurrió de decírmelo?
-        No sé – le dije a mi amigo. -  ¿No pensaste que cuando le grites “¡Héctor, a comer!” siempre te vas a sentir medio sorprendido de ver como aparece un niño?
-        Eso no tiene sentido. – me dijo. Eso es lo que me merezco por tratar de razonar con una persona que le pone Héctor a un bebé.
Lo peor de todo es que el bebé tiene cara de Héctor. La tiene. Un bebé ya tiene de por sí un montón de características físicas en común con un tipo de cincuenta años. ¿Es realmente necesario el nombre Héctor? Juro que podía ver una sombra de barba en la cara de ese bebé. No me sorprendería que su primera palabra sea un ronco “eeeeeh”. Es la clase de bebé que mira Tumberos. La clase de bebé que debería tener sus propios bebés. No sé en qué clase de mente adulta, culta y con dos dedos de frente, la posibilidad de un bebé llamado Héctor siquiera se asoma. Le dije a mi amigo que si yo tuviese un hijo lo llamaría Simón así todos tenían que hacer lo que él dijera. Le dije después que me parecía raro la poca cantidad de dictadores llamados Simón, siguiendo con ese hilo de razonamiento. También le dije que condenó a su hijo a una vida entera con cara de Héctor y que estaba seguro de que Dante en algún momento habla de un anillo del infierno especialmente reservado para esa clase de padres. Me dijo que la corte.