Me
sentía bien en esa época. Realmente bien. Tenía trabajo por primera vez en mi
vida, había conseguido un disco compilado de Sigur Ros y cada vez que lo
escuchaba me hacía sentir como que realmente me gustaba la gente. Lo escuchaba
en el bondi, mirando gente en la calle tratando de sobrevivir lo mejor que les
era posible, como yo. Todos eran como yo. Pequeños problemas, pequeñas
soluciones, pequeñas alegrías, más pequeños problemas, y así seguía. A veces
grandes problemas, a veces grandes soluciones. No podía juzgar a nadie porque
todos hacían lo que podían, como yo, lastimando y sanando, jodiendo y
jodiéndose todo el tiempo. Me sentí parte de un Todo, lleno de jirafas recién
nacidas tratando de mantenerse de pie. Nada importaba en realidad. Si te
atrasabas cinco minutos más en el supermercado por estar atrás de una vieja
(que en esos momentos son señoras mayores o viejitas), ¿qué importaba? Pensabas
en “qué bueno esa viejita, que llegó hasta ser viejita, y seguro tiene tantas
historias que contar”. Estaba contento.
Trabajaba, tenía plata, si quería iba al supermercado y me compraba la propia
comida (todo esto escuchando Sigur Ros), me compraba un whisky, volvía a casa,
sin computadora, y escuchaba música, y fumaba un porro, y tomaba whisky, y mi
corazón aullaba y aullaba, como el de Kerouac aullaba. A veces escribía, a veces
no escribía nada en absoluto. A veces borraba felizmente cosas de mierda que
había escrito el día anterior, porque no puedo escribir de buen humor. Llegaba
a casa, armaba uno y lo fumaba escuchando capaz que a Benny Goodman, capaz que
no. Comía lo que tenía que comer, y salía con mi whisky, a tomar hasta que algún
indigente se sumara, y tomábamos todo, y hablábamos y comprábamos más, y
tomábamos, y pedíamos monedas para llegar a un vino, y yo me reía y todos nos
reíamos y tomábamos más y más, sea verano u otoño o primavera o invierno,
reíamos. Y esa era una buena época. Leía a Burroughs o a Henry Miller (¡y mierda que si era inmune a Henry Miller en
esos días!) o a Hemingway, o buscaba por librerías a Céline, que nunca encontré
y nunca leí. Esos eran los días de Sigur Ros. Cuando, de vez en cuando copiaba
ese disco que escuchaba y se lo regalaba a gente al azar en el bondi, en la
calle, como un verdadero palometa, a cualquier persona, sin esperar nada a
cambio más que dejar al menos una banda a un desconocido por si al día
siguiente me atropellaba una camioneta.
En esos días tenía mucho menos
que ahora, pero tenía sí, una especie de espíritu quijotesco, que transformaba
en Dulcinea a todo lo Aldonza Lorenzo del mundo. Y tuve un enamoramiento con
alguien, por supuesto, en esa época. Y tuve por quién ponerme nervioso y
estúpido, y le regalé también ese disco. Y a veces llegaba tarde a trabajar
porque si ella llegaba tarde, y yo estaba en la puerta fumando hasta que la
viera, entonces yo también llegaba tarde.
No era tanto ella lo que me
interesaba, si no que sentía la necesidad de amar algo de manera especial una
vez que ya lo estaba amando todo. Fue la primera persona a la que le di ese
disco, más que para escucharlo, para tener un tema de conversación la próxima
vez que nos veamos. Y esa vez no llegó. O llegó demasiado tarde.
Al día siguiente me enteré de
que la habían echado. Antes de darle el disco había tenido una conversación con
ella. Me dijo que la estaban por echar porque prácticamente no trabajaba. No me
gustaba por el sólo hecho de que alguien me tenía que gustar; me gustaba desde
que me di cuenta que había alguien que de hecho le estaba poniendo menos
esfuerzo que yo al trabajo. Después de enterarme de eso no podía evitar
escuchar su risa mientras escuchaba la radio, en el momento en que debía de
estar trabajando como el resto de nosotros. Nos separaba la pared de mi
cubículo, así que no podía verla mientras se reía, entonces la esperaba en la
puerta a la entrada, me tomaba mis almuerzos cuando la veía tomándose los
suyos, y la esperaba de vuelta a la salida. Todo esto para verla. No sabía que
decirle. En la puerta era fácil no hablar pero almorzando solos en la misma
mesa era todo más incómodo. La primera vez no fue tan mala porque en media hora
se puede cubrir lo más básico de conocer a alguien, aunque no había tenido en
cuenta lo mucho que me incomoda que la gente me mire mientras como. Estaba
tratando de ser alguien más, diferente a mí. La clase de personas que se
vuelven tus amigos en una oficina, porque se toman el descanso al mismo tiempo
y son macanudos. La mayoría de esos almuerzos sirvieron para probar justamente
lo contrario. Silencios incómodos, bocados demasiado grandes para hacer
mientras comes con otra gente. Cada vez que tenía que hacerle señas de que no
podía contestar porque tenía la boca llena de pollo me sentía más humillado y
la boca se me secaba y el pollo se transformaba en papel que no parecía terminar
de mascarse nunca y me era difícil tragar. Ese era tiempo suficiente como para
que ella dejara de fingir interés. Si al menos hubiese hablado con la boca
llena. Hay algo en los malos modales que te hacen algo así como un forajido para
las mujeres. La clase de cosas que hacen que Charles Bronson coja. Pero no, no
podía evitar mi vergüenza, y me ponía la servilleta en la boca para eructar una
especie de “perdón”.
Lo cierto es que la echaron, y
por los próximos días yo estaba de arriba a abajo buscando una forma de
contactarme con ella. Esto todavía seguía siendo parte de la aventura de mi
nueva vida. Buscar a la chica, decirle que te gusta, llegar al aeropuerto antes
de que se vaya a Paris. Todo eso. Pero cuando hable con unos de sus amigos y le
pedí el celular me dijo que esperara porque no tenía autorización de dármelo.
Capaz que no con esas palabras. Le mandó un mensaje y yo esperé a cuclillas en
su cubículo esperando la respuesta. Le sonó el celular y la respuesta fue “Perdón.
Dice que tiene novio.” Me tomé el descanso del almuerzo ahí mismo.
Eran las once y cuarto de la
mañana y yo entraba a las diez. Me senté solo en la mesa de la cantina a comer
un triste pedazo de pastel de carne. Me enchufé los auriculares y escuché el
Kid A. Ya nada importaba. La gente entraba y salía de los baños y balbuceaban
un “buen provecho” que yo no escuchaba. Mi mente estaba perdida en la salsa
blanca, pensando en qué contento que estaba simplemente regalando discos en el
bondi, o en la calle; en lo poco que realmente me importaba si ese disco tenía ántrax
y las familias inocentes que podían morir sólo porque algún miembro se había
cruzado conmigo. No me importaba realmente nada la gente. Y a la gente no le
importaba lo que alguien le diera en el camino. Escuchaba una y otra vez How to disappear completely, viendo por
el costado del ojo como las manchas iban y venían, y yo era un fantasma que una
vez se atragantó en la cantina de la oficina y pasaba toda la eternidad
revolviendo su pastel de carne. Sólo que tenía todavía un horario que cumplir,
así que volvía a mi cubículo, que ahora era una jaula para ratas, y escribía y
suspiraba y escribía y suspiraba y los segundos pasaban por minuto y los
minutos por horas y las voces eran tan altas y la gente feliz me rompía las
pelotas, y lo único que yo quería era comprar un whisky y salir y hablar con
indigentes y capaz que hasta reírme un poco con ellos.