miércoles, 27 de junio de 2012

How to disappear completely


               Me sentía bien en esa época. Realmente bien. Tenía trabajo por primera vez en mi vida, había conseguido un disco compilado de Sigur Ros y cada vez que lo escuchaba me hacía sentir como que realmente me gustaba la gente. Lo escuchaba en el bondi, mirando gente en la calle tratando de sobrevivir lo mejor que les era posible, como yo. Todos eran como yo. Pequeños problemas, pequeñas soluciones, pequeñas alegrías, más pequeños problemas, y así seguía. A veces grandes problemas, a veces grandes soluciones. No podía juzgar a nadie porque todos hacían lo que podían, como yo, lastimando y sanando, jodiendo y jodiéndose todo el tiempo. Me sentí parte de un Todo, lleno de jirafas recién nacidas tratando de mantenerse de pie. Nada importaba en realidad. Si te atrasabas cinco minutos más en el supermercado por estar atrás de una vieja (que en esos momentos son señoras mayores o viejitas), ¿qué importaba? Pensabas en “qué bueno esa viejita, que llegó hasta ser viejita, y seguro tiene tantas historias que contar”.  Estaba contento. Trabajaba, tenía plata, si quería iba al supermercado y me compraba la propia comida (todo esto escuchando Sigur Ros), me compraba un whisky, volvía a casa, sin computadora, y escuchaba música, y fumaba un porro, y tomaba whisky, y mi corazón aullaba y aullaba, como el de Kerouac aullaba. A veces escribía, a veces no escribía nada en absoluto. A veces borraba felizmente cosas de mierda que había escrito el día anterior, porque no puedo escribir de buen humor. Llegaba a casa, armaba uno y lo fumaba escuchando capaz que a Benny Goodman, capaz que no. Comía lo que tenía que comer, y salía con mi whisky, a tomar hasta que algún indigente se sumara, y tomábamos todo, y hablábamos y comprábamos más, y tomábamos, y pedíamos monedas para llegar a un vino, y yo me reía y todos nos reíamos y tomábamos más y más, sea verano u otoño o primavera o invierno, reíamos. Y esa era una buena época. Leía a Burroughs o a Henry Miller  (¡y mierda que si era inmune a Henry Miller en esos días!) o a Hemingway, o buscaba por librerías a Céline, que nunca encontré y nunca leí. Esos eran los días de Sigur Ros. Cuando, de vez en cuando copiaba ese disco que escuchaba y se lo regalaba a gente al azar en el bondi, en la calle, como un verdadero palometa, a cualquier persona, sin esperar nada a cambio más que dejar al menos una banda a un desconocido por si al día siguiente me atropellaba una camioneta.
En esos días tenía mucho menos que ahora, pero tenía sí, una especie de espíritu quijotesco, que transformaba en Dulcinea a todo lo Aldonza Lorenzo del mundo. Y tuve un enamoramiento con alguien, por supuesto, en esa época. Y tuve por quién ponerme nervioso y estúpido, y le regalé también ese disco. Y a veces llegaba tarde a trabajar porque si ella llegaba tarde, y yo estaba en la puerta fumando hasta que la viera, entonces yo también llegaba tarde.
No era tanto ella lo que me interesaba, si no que sentía la necesidad de amar algo de manera especial una vez que ya lo estaba amando todo. Fue la primera persona a la que le di ese disco, más que para escucharlo, para tener un tema de conversación la próxima vez que nos veamos. Y esa vez no llegó. O llegó demasiado tarde.
Al día siguiente me enteré de que la habían echado. Antes de darle el disco había tenido una conversación con ella. Me dijo que la estaban por echar porque prácticamente no trabajaba. No me gustaba por el sólo hecho de que alguien me tenía que gustar; me gustaba desde que me di cuenta que había alguien que de hecho le estaba poniendo menos esfuerzo que yo al trabajo. Después de enterarme de eso no podía evitar escuchar su risa mientras escuchaba la radio, en el momento en que debía de estar trabajando como el resto de nosotros. Nos separaba la pared de mi cubículo, así que no podía verla mientras se reía, entonces la esperaba en la puerta a la entrada, me tomaba mis almuerzos cuando la veía tomándose los suyos, y la esperaba de vuelta a la salida. Todo esto para verla. No sabía que decirle. En la puerta era fácil no hablar pero almorzando solos en la misma mesa era todo más incómodo. La primera vez no fue tan mala porque en media hora se puede cubrir lo más básico de conocer a alguien, aunque no había tenido en cuenta lo mucho que me incomoda que la gente me mire mientras como. Estaba tratando de ser alguien más, diferente a mí. La clase de personas que se vuelven tus amigos en una oficina, porque se toman el descanso al mismo tiempo y son macanudos. La mayoría de esos almuerzos sirvieron para probar justamente lo contrario. Silencios incómodos, bocados demasiado grandes para hacer mientras comes con otra gente. Cada vez que tenía que hacerle señas de que no podía contestar porque tenía la boca llena de pollo me sentía más humillado y la boca se me secaba y el pollo se transformaba en papel que no parecía terminar de mascarse nunca y me era difícil tragar. Ese era tiempo suficiente como para que ella dejara de fingir interés. Si al menos hubiese hablado con la boca llena. Hay algo en los malos modales que te hacen algo así como un forajido para las mujeres. La clase de cosas que hacen que Charles Bronson coja. Pero no, no podía evitar mi vergüenza, y me ponía la servilleta en la boca para eructar una especie de “perdón”.
Lo cierto es que la echaron, y por los próximos días yo estaba de arriba a abajo buscando una forma de contactarme con ella. Esto todavía seguía siendo parte de la aventura de mi nueva vida. Buscar a la chica, decirle que te gusta, llegar al aeropuerto antes de que se vaya a Paris. Todo eso. Pero cuando hable con unos de sus amigos y le pedí el celular me dijo que esperara porque no tenía autorización de dármelo. Capaz que no con esas palabras. Le mandó un mensaje y yo esperé a cuclillas en su cubículo esperando la respuesta. Le sonó el celular y la respuesta fue “Perdón. Dice que tiene novio.” Me tomé el descanso del almuerzo ahí mismo.
Eran las once y cuarto de la mañana y yo entraba a las diez. Me senté solo en la mesa de la cantina a comer un triste pedazo de pastel de carne. Me enchufé los auriculares y escuché el Kid A. Ya nada importaba. La gente entraba y salía de los baños y balbuceaban un “buen provecho” que yo no escuchaba. Mi mente estaba perdida en la salsa blanca, pensando en qué contento que estaba simplemente regalando discos en el bondi, o en la calle; en lo poco que realmente me importaba si ese disco tenía ántrax y las familias inocentes que podían morir sólo porque algún miembro se había cruzado conmigo. No me importaba realmente nada la gente. Y a la gente no le importaba lo que alguien le diera en el camino. Escuchaba una y otra vez How to disappear completely, viendo por el costado del ojo como las manchas iban y venían, y yo era un fantasma que una vez se atragantó en la cantina de la oficina y pasaba toda la eternidad revolviendo su pastel de carne. Sólo que tenía todavía un horario que cumplir, así que volvía a mi cubículo, que ahora era una jaula para ratas, y escribía y suspiraba y escribía y suspiraba y los segundos pasaban por minuto y los minutos por horas y las voces eran tan altas y la gente feliz me rompía las pelotas, y lo único que yo quería era comprar un whisky y salir y hablar con indigentes y capaz que hasta reírme un poco con ellos.

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