Mis
dos meses de vacaciones en Europa se transformaron en seis meses, que después
se alargaron hasta el año. Cuando por fin volví a casa, mi perro, que la última
vez que vi era sólo un cachorro no más grande que el brazo de un enano o un
niño, estaba enorme.
Tengo
que admitir que tenía más ganas de verlo a él que a la mayoría de la gente.
Quizás porque en mi año en Europa había hablado y visto a la gente por la
cámara web, en cambio mi perro rara vez estaba conectado. Los perros carecen de
memoria para las contraseñas y, por sobre todo, de precisión al momento de
escribirlas. Cada letra incluye a la letra de la derecha, a la de la izquierda
y a la de abajo. A veces estaba hablando con algún amigo de la casa y después
de un momento sin respuesta recibía un “p´ñuijrtop”, seguido por un “kjajhajanjsa”.
Esto era supuestamente un “puto” y un “jajajaja”, pero yo sabía que lo más
probable era que la persona estaba en el baño y el perro se había escabullido
en la habitación. Yo le contestaba “che, ¿te acordás lo que hablamos de castrar
al perro? ¿Y si lo hacen mañana?” o algo por el estilo. Después me llegaba un
“NBOOPOPOOI” y un zumbido. De cualquier manera, quería ver al perro, porque
bueno, era un perro.
Abrí
la puerta de casa y pasé mi bolso gigante como pude por la puerta. Cuando el
bolso logró cruzar la puerta ya estaba cansado y tuve que esperar un poco antes
de subir los 34 escalones. Esperé hasta retomar el pulso unos buenos cinco
minutos. En todo este tiempo el perro ni se había asomado. Me pareció raro
porque solía estar en la escalera antes de que uno pudiera terminar de girar la
llave. Pero no aparecía, de modo que empecé a subir las escaleras. De todas
formas es más cómodo subirlas sin un perro entre tus piernas. Especialmente
teniendo en cuenta que mi bolso era tan grande y pesado que tenía que estar muy
concentrado en dónde pisaba porque casi no veía los escalones. Fue por esto que
casi llegando arriba mi frente chocó contra algo. Casi pierdo el equilibrio y
caigo de espaldas, escalera abajo, con el bolso y todo, y la nuca regalada a
cualquier vértice. Bajé dos escalones marcha atrás como si se tratara de un
juego de caja y había caído en el casillero equivocado.
Cuando
me recompuse y miré para adelante me di cuenta que era mi perro, y que había
crecido mucho desde que me fui. Mi frente estaba toda mojada porque chocó
contra su hocico. Me di cuenta que incluso tuvo que bajar la cabeza bastante
para que hocico llegara a mi frente. “Qué raro cómo creció este perro” pensé.
Quise intentar algo, sólo para ver, y dejé mi bolso en el piso. “¡Ewok!
¡Bolso!” le ordené. Para mi sorpresa lo hizo. Lo tomó con la boca y subió
marcha atrás por la estrecha escalera. Nunca antes pensé en ver a esa escalera
como “estrecha”. Mientras subía empecé a hacer “pii pii pii” y él me miró con
cara de “Sí, como un camión en reversa. Que pajero más creativo que tenemos
acá”. Una vez arriba le ordené que la soltara, pero apoyó las patas delanteras,
levantó el culo y empezó a sacudir la cola. Quería jugar. Su cola estaba
tirando todo lo que estaba arriba de la mesa. Botellas, vasos, platos. Me dejé
caer arriba de su cabeza y la agarré como si se tratara de un cocodrilo. “Sos
como el perro de La historia sin fin” le dije. Tuve que rascarle la barriga
para que la soltara. Cada huevo era del tamaño de mi puño. Eso es algo que no
te muestran en La historia sin fin. Mi bolso quedó arruinado.
Apareció
Mano. “Hey” me dijo. “¿Qué pasó con este perro?” le pregunté. “Nada. ¿Qué
tiene?” contestó él. “No sé” dije yo, mientras me sentaba en el hocico y le
acariciaba la nariz. “Capaz que son las manchas… o capaz que es enorme”. “Ni
idea... yo como lo veo todos los días…”. Por supuesto. Eso era. El animal no
había salido en meses porque no pasaba por la puerta. Ni siquiera cuando se
destrancaba el segundo alerón y se abría de par en par. Pero en la casa nadie
parecía haberlo notado. Tampoco podía subir a la azotea, que usaba de baño,
entonces su mierda estaba por todos lados, y tenía el tamaño de una bolsa negra
de basura llena, que era exactamente lo que ocupaba cuando la limpiábamos.
Ahora, acostado arriba de una
de sus patas, me acuerdo de cuando él se acostaba arriba de mis muslos. Es un
buen lugar para acostarse, si no te importa demasiado volar por los aires cada
vez que un perro pasa por la calle. Su ladrido suena más fuerte que un
amplificador, de modo que no puede ladrar más tarde que las diez.
Las pulgas habían tenido la
ingeniosa idea de usar a las garrapatas como medio de transporte, dado que las
distancias eran enormes. A veces estaban en una oreja y el almacén más cercano
estaba en la otra. Ahí las veías cabalgando como locas y gritando como cowboys.
A la vuelta pararían por un Saloon a tomarse una copa de sangre entre amigos.
El Saloon quedaba en el hombro derecho y era un lugar de mala muerte. Era uno
de los antros más sucios de todo el perro, probablemente porque no le llegaba
la lengua, cosa que también lo hacía seguro contra desastres naturales. Los
peligros que implicaba ese lugar eran más que nada contra otras pulgas.
Generalmente por disputas relacionadas a las peleas ilegales de garrapatas.
Después también hay historias como “La masacre del 42” donde, según se dice,
murieron más de 40 pulgas por la lluvia ácida. Creo que ese fue Hiram con la
pipeta. Pero más allá de todo, es un lugar tranquilo y con buena música en la
rocola.
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