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Armad y fumad todos de él, pues este es un porro
de mi propio ventichíncue – dijo Jesús alzando una roquita de paraguayo.
Pedro se apresuró a cantar el
dos, a lo que Jesús le contestó que en ese caso él debía ser quien lo armara.
Si no así cualquiera. Pedro pensó en que no sabía armar y enseguida cambió y
gritó que tenía el tres. El problema en realidad era que armaba re lento, y las
miradas expectantes de los demás sólo complicaban más las cosas. A veces alguna
de las demás personas no podía tolerarlo más y se lo arrebataba fisuradamente
de las manos, diciendo dame acá, y tenía que quedarse con el consuelo de tener
el tres. Esto no era muy justo para los demás, que enseguida murmuraban y lo
tildaban de cualquiera, a él y a todo el asunto.
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¡No! – dijo alguien que no sé el nombre. –
Después del dos pasa a ser ronda. Y estoy yo en el tres.
-
Pero quedo último - se quejó él mirando la ronda,
y su mente contaba “6, 7, 8…”. – Noveno.
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Alguien tiene que ser el noveno – argumentó perfectamente
otro tipo. Ese tipo caía siempre que alguien estaba por armar. Tenía el cinco.
-
¡El primero en tocar los tres palos! – gritó otro
y salió corriendo. La cancha de fútbol estaba como a tres cuadras. Nunca
volvió.
-
Octavo – dijo el primer tipo que no sé el
nombre. – Algo es algo.
Después otro tipo sacó una
tortuga de la mochila y la tiró lo más lejos que pudo. Ahí Jesús, que
permanecía indiferente hasta ese momento, intervino:
-
Yo la tiro más lejos que eso.
¡Era una apuesta!
Es sorprendente cómo algo se
puede desvirtuar tanto y tan rápido.
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