Llegamos a lo de Claudio como
una hora y media tarde. Le dije que tuvimos problemas con la cerradura de casa,
que me parece una de las mejores excusas. También me gusta usar la de “teníamos
que esperar al sanitario por un problema con la grasera” o la de “tuvimos que
esperar el bondi como media hora porque no nos paró uno”. Este último exige un
mínimo de actuación de aflicción así que trato de usarlo lo menos posible. No
soy buen actor y Natalia menos. Esa funcionó de una, así que antes de terminar
de decir “cerradura” yo ya me estaba agarrando un pebete.
Claudio no es de la clase de
personas que entienden un “nos re boludeamos”, pero no indaga mucho en las
excusas tampoco. Lo importante para él es que hayamos llegado, y, por más que
ninguno de los dos tenía ganas de ir, igual no queríamos no ir, cosa que tiene
más sentido en el mundo real que en la gramática.
En fin, llegamos y nos
sentamos. Hicimos un saludo general porque todos nos conocemos demasiado como
para andar esquivando gente y haciendo piruetas. Claudio nos ofreció whisky,
que acepté con gusto. Natalia prefirió tomar Coca Cola porque tenía que
trabajar temprano al otro día. Una de las razones por las que llegamos tarde
fue por quedarnos a terminar un vino, así que entendí que un whisky para ella
no era sólo un whisky. No le insistí.
En frente nuestro estaban Sergio y Guillermo.
Probablemente llegaron justos porque viven heterosexualmente juntos. De cada
uno de sus lados estaban Felipe y Martín, que también deben haber llegado
juntos porque viven homosexualmente juntos. A la derecha estaba María, la novia
de Claudio, y su amiga Flavia. Flavia y yo no nos llevábamos bien por alguna
razón. O sea, me parecía una intelectualoide de mierda fanática de Rembrandt,
pero realmente no era por eso. Supongo que era porque María me caía tanto mejor
antes de juntarse con ella. Ahora no se podía hablar de una película sin que
alguna de las dos dijera que las películas eran los libros de los idiotas y la
otra dijera “cierto, cierto”. Aunque sabía que las dos las veían. Hablaban
horas y horas sin parar sobre lo mierda que era Hollywood y yo les decía que Hollywood
es tan necesario como Mc Donald’s en el mundo. A veces necesitas no pensar en
lo que estás comiendo, sólo comer. Que el mundo necesitaba su basura tanto como
sus tesoros para sobrevivir. Ellas repetían que “bla bla bla guiones de mierda”
y que “bla bla bla actores de mierda”. Y yo repetía “pueden no mirar si
quieren. El libre albedrío sigue estando de moda”. Pero eso no me molestaba.
Era todo. Todo lo que era María y lo que es María + Flavia.
Claudio volvió con un vaso de
whisky y me lo dio. Le dije gracias y se sentó al lado de María. Hablamos un
poco de lo que estábamos haciendo. Yo no estaba haciendo nada, como siempre,
Claudio estaba a punto de terminar una novela sobre algo que no entendí, Natalia
les contó sobre sus exámenes, y María habló sobre una obra de teatro que estaba
haciendo, en la cual Flavia era la protagonista. “Es sobre una madre…” decía - “Yo”
interrumpía Flavia – “que tiene un hijo que tiene el síndrome de Down”. Y
después algo de que el down quería ser ciclista.
Apenas llegó a un punto dije “Ahí
va. ¿Y cómo va esa novela?”, mirando a Claudio. María estaba prácticamente que
contando toda la obra. Cuando dijo que el down no sabía para qué lado se
pedaleaba dejé de darle bola. Claudio me dijo “Ahí… buscándole un final.” María
interrumpió diciendo “Hace tres meses que le está buscando un final. Seguro que
va por la mitad recién”. Claudio se rió nervioso y siguió: “Es difícil cerrar
una novela”. “Si no sabés escribir”, agregó ella. Natalia trató de rescatar la situación
con un “No es nada fácil escribir. Sobre todo una novela. Lleva tiempo.” Flavia
saltó diciendo que “No todas las personas están hechas para escribir. Por más
que lo intentes.” Claudio rellenó su vaso de whisky y se lo tomó de un trago. “Bueno,
a mi me parece que de todas formas tiene su mérito” amortiguó Natalia.
Esto siguió por quince minutos
más o menos. Dejé de hacer preguntas sobre el tema para no tirarle más centros
a María y a Flavia, que estaban cagando a pelotazos a Claudio, que hace cinco
minutos que no hablaba y seguía embutiéndose pebetes y rellenando su vaso.
“¿Y esa banda?” se me ocurrió
preguntarle al fin. “El último toque habían siete personas” contestó María. “Cuatro
estábamos en la lista y los otros tres era unos pelotudos que se ve que fueron
porque van siempre”. “Sí… es que era un miércoles. Viste que los miércoles…” empezó
a decir Claudio, pero fue interrumpido por un “nadie va a ver una banda de
mierda un miércoles. Si son los Buenos Muchachos ta…”. Claudio miró a María y
ella le contestó “si hicieran temas nuevos…”. Claudio me ofreció más whisky y
se volvió a llenar el vaso.
Pensé en dejar de darle manija
a María para que no le rompiera más los huevos así que empecé a hablar con
Sergio, pero mientras daba vuelta la cabeza escuché de fondo: “Si no te
hubieses comido las papas hoy temprano…”. La meada seguía y probablemente siguiera
hasta el fin de los tiempos. Me desentendí completamente de ese asunto.
“Si te pones así te pego una
voladora en la garganta” le dije a Natalia. “Por favor sí” me contestó.
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