viernes, 18 de mayo de 2012

Busmalis


En los últimos tiempos ya no estaba trabajando demasiado, si es que alguna vez había trabajado demasiado en ese lugar. Faltaban tres horas para las seis, que era la hora en la que me iba, y estaba en la azotea con Pablo Barros y Pixy, fumando un porro, haciendo pasar el tiempo, y faltaban tres horas.
Cuando bajé ya estaba listo para irme, pero me pareció demasiada irresponsabilidad, es decir, apenas había pasado media hora. Así que me dedique a lavar las tazas de café que la gente había dejado sucias en la pileta. Estaba bien no irme a mi casa dos horas y media antes, pero tampoco iba a trabajar en serio, sólo iba a ocupar mi tiempo en algo hasta que sea hora de irme, o al menos una hora más cercana. Mi computadora ya estaba apagada y así iba a quedar.
Terminé de lavar y me distraje con el viejo Busmalis (que su nombre en realidad era Rebadow), que le hablaba al resto de la gente de todas las cosas que había aprendido en sus 74 años. Por ejemplo, hablaba de la importancia de tener una viejita con él y de la idea de morir juntos (aunque todos mueran solos al final), de los libros que leyó (¡esa escena después en la que lo veo leyéndole a una mujer a través de una celda, con un libro cuyas líneas están desordenadas y apretujadas y él se interrumpe una y otra vez para hacer acotaciones sobre cosas que aprendió durante su vida!), y sobre un montón de otras cosas. Pienso en que quiero fumar un porro con él algún día.
“Adelante” me dice el doctor. Me examina las orejas mientras entro a la sala. “Este arco es bastante grande”, dice, hablando de la curvatura de mi oreja, “debes de tener buen oído”. Le dije que sí, aunque no me parece que mi oído sea nada más ni nada menos que normal. De cualquier manera sigue hablándome de mi buen oído e ignora totalmente el hecho de por qué estoy ahí. A esta altura hasta yo lo ignoro, pero me redirecciona a otro doctor. El doctor Sussman. Este me dice que tengo una pierna más corta que la otra y que camino torcido. Yo le digo que de ninguna manera, que mis piernas son perfectamente normales, y me frena para inspeccionarme mejor. “Es verdad”, concluye. “No tenés una pierna más corta que la otra. Tenés la otra más larga que una”. “Eso tiene más sentido”, le contesté, y pasé a conocer a ese montón de gente que más tarde serían mis mejores amigos y darían su vida por mí. En ese momento no eran más que gente esperando para ser atendidos por el doctor Sussman, leyendo revistas en una fila.

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