El martes a las seis de la
tarde estaba sentado en el wáter fumando un cigarro, completamente vestido,
hablando con Mariana y con un actor argentino que había trabajado en algunas
publicidades. El estaba en la bañera desnudo y tomando un café que a esa altura
debía de estar más que frío, así como también el agua de la bañera. Pero él
seguía animado hablando de aquel reclame en el que estaba con otras dos
actrices en un barco, comiendo papas chips o algo por el estilo. Yo le repetía
que no acostumbraba a dejar las publicidades. El decía:
-
Fa, tenías que ver a esas dos minas. Divinas.
Las dos con poca ropa. Y esos cuerpos.
Yo le decía que sí, que sabía
cómo funcionaba el negocio de la publicidad. Las mismas tetas siempre,
diferente cara. Pero él insistía en que éstas eran diferentes. Que los ojos,
que las bocas, que el pelo. Sí, sí, sí. ¿Dos ojos por cabeza? ¿Boca con labios
inferiores y superiores circundando un orificio? Creo que sé de qué tipo de
mujeres hablás.
Después habló de la vez que
casi trabajaba con Darín. Las historias en las que casi pasó algo me resultan casi un poco menos que casi
interesantes. Le pregunté de cualquier manera, “¿en una publicidad?”, y me dijo
“no” en un tono de burla como si la idea fuese tan descabellada. “¿Darín en una
publicidad?”, me decía. “Darín no necesita hacer publicidades”. “No es tan
ilógico como un banana como vos en una película”, me dieron ganas de
responderle, pero sólo me limité a decir “Tenés razón”.
Mariana estaba como una
pelotuda y no le sacaba los ojos de encima, como si se tratase de Marlon
Brando. Quería saber todo sobre el mundo del espectáculo. Espectáculo, por
supuesto. Me dijo “No interrumpas, no sabés nada”. Bueno, a cagar. ¿A ver
banana? ¿A ver cómo casi trabajaste con Darín?
Resulta que su agente le
consiguió un papel para la película El secreto de sus ojos. Pero se agarró
mononucleosis o se la agarró a un mono o algo y no pudo hacerlo.
-
¿Viste la escena donde persiguen al tipo en el
estadio de fútbol?
-
¡Sí, me encanta! – casi que gritó Mariana.
-
Ponele – dije yo.
-
Bueno – siguió – yo iba a hacer el papel del
hincha que está al lado de Francella. Al que pechean cuando salen corriendo.
-
O sea que ibas a ser un extra. – le dije.
Mariana me miró como si le hubiese dicho lo peor que se le puede decir a un ser
humano. Aunque admito que debe ser lo peor que le pueden decir a un actor.
-
No, boludo, tenía una línea y todo – me refutó.
Sí, me acuerdo de esa línea.
Era “¡Che!”. Suerte que consiguieron a otro actor que pudiera darle vida a ese
personaje con tan poco tiempo de preparación.
-
¡Y justo a último momento te enfermaste! –
exclamó Mariana chasqueando los labios y todo.
-
Casi cagas toda la producción – dije yo. Mariana
ya me miraba fijo.
-
Sí, yo que sé. – se lamentó él.
Terminé el cigarro y me paré
para tirarlo al wáter. Con el mismo impulso me fui del baño, sin poder evitar que mis ojos se cruzasen con un pito arrugado y encogido por el agua fría de la bañera.
Todo su cuerpo ya estaba como una pasa de uva. Le grité a Mariana que nos
teníamos que ir y ella me gritó que en un minuto. Quería saber cómo terminaba
la historia del pito arrugado cuya fama había sido opacada por la enfermedad y
nunca había podido ser pechado por Guillermo Francella y ahora tenía que verse
obligado a hospedarse en el cuarto de huéspedes de una pareja de uruguayos de
clase media.
Media hora después estábamos
en el apartamento de Luisa, una poetiza que estudiaba pintura en bellas artes,
y su novio, que no entendí exactamente qué era lo que hacía.
-
Hola. Yo soy Luisa. El es Santiago – dijo, pero
yo seguía absorto mirando la colección de libros.
Mariana les dijo “hola. Hola”.
Un par de minutos antes hice
algo así como una escena, cuando vi que Santiago estaba dejando algunos libros
horizontales y otros verticales en la estantería. Le pregunté por qué hacía
eso. Le dije que no tenía sentido, y que me estaba molestando realmente tener
que mover la cabeza en todas direcciones para poder leer los títulos. Mariana
me mandó callar y me dijo en voz baja que no era mi casa y no eran mis libros y
ni siquiera conocíamos realmente a esa gente. “Sólo digo” le respondí, a un
volumen que hizo totalmente al pedo su intento de discreción. No contestó. Se
dio la vuelta y se fue a la otra punta de la habitación, sólo para no estar al
lado mío.
Aquello era un desbole. Una
hilera de libros era seguido por tres vinilos, otro libro, dos vinilos, y terminaba
en una hilera de libros, algunos de los cuales estaban apilados
horizontalmente. Encontré a Bukowski. Lo separé. Encontré a Stravinski (¿ven a
lo que me refiero?). Lo puse en la bandeja y le subí el volumen.
-
Oh. – dijo Luisa y empezó a bailar por la
habitación. Estaba descalza. Santiago también, pero Santiago no bailaba. Estaba
leyendo en el piso (probablemente algo de Luisa) y decía cosas como “sí sí” o
“no no no” cuando Mariana preguntaba cosas.
Encontré otro libro de
Bukowski y lo separé también. Lo dejé con el primero. Levanté un libro sobre mi
cabeza. “Mi amor. El Gran Gatsby” le dije a Mariana y se rió. Es un pequeño
chiste interno que tenemos. Creo que alivió las cosas entre nosotros. Por los
demás, Luisa seguía que piritipí y piritipá de un lado a otro y Santiago había
ido al baño, sin soltar nunca los papeles que estaba leyendo. Me dieron ganas
de llegar al fin de la biblioteca e irme. Ya había separado cuatro libros de
Bukowski cuando Luisa se fue a la cocina. Había dejado de bailar de golpe y se
había apresurado hacía Santiago que estaba calentando agua y le había empezado
a tirar un montón de mierda a los gritos, como si se hubiese enterado de algo
escuchando a Stravinski. Santiago levantó la voz también y de repente todo el
lugar era un gallinero.
-
Y pensabas que yo estaba haciendo una escena. –
le dije a Mariana.
-
Sssshhhh. – me calló.
-
Voy a llevarme estos libros – dije.
-
¿Prestados? – me preguntó.
-
No sé. Sólo me los voy a llevar y si los
devuelvo serán prestados y si no los devuelvo serán robados. – le contesté. –
El tema es que de cualquier manera este es el momento para hacerlo. Tendría
sentido excusarnos e irnos en cualquier situación como esta. La gente entiende.
También da la oportunidad perfecta para que me lleve esto.
Así que nos fuimos. No
saludamos, sólo gritamos que nos íbamos y salimos por la puerta. No estoy
seguro de si lo escucharon ni siquiera. Mariana seguía repitiendo “pero te
vieron apilar esos libros” y yo le decía “capaz que asumen que los dejé de
nuevo”, o, “capaz que es normal para ellos que la gente venga y se lleve algún
libro”. De cualquier manera no me importaba. No quería volver a ver a esas
personas nunca más en mi vida, y la incomodidad de ese momento (que nadie
realmente sintió) es una buena excusa para no tener que hacerlo. ¡Pero qué
hijos de puta! ¡Poemas escritos antes de saltar de un octavo piso! Debe ser sin
duda una de las mejores cosas que he robado jamás. Mariana me miraba. Yo tenía
la cara de un niño que le había robado el regalo de cumpleaños a otro niño.
-
Me parece – dije finalmente, porque había dejado
de darle bola a todo hace como veinte minutos. – me parece que está bien lo que
hicimos. A veces hay que ser la persona que le enseñé algo a las otras personas
a las malas. ¿No? Perdiste de vista a tus invitados y ahora pueden o no haberse
llevado todos tus libros de Bukowski. Hiciste una escena y te peleaste delante
de tus invitados y como consecuencia de eso te robaron.
-
Realmente preferiría que no hables en plural. –
se quejó.
-
Bueno. Pero vos me ayudaste a salir.
-
Yo no te ayudé
a nada. Sólo salimos. No te detuve, pero no te ayudé tampoco.
-
De cualquier manera sos cómplice. Eso es al
menos un año de cárcel. Y estás a punto de albergar a un criminal en tu casa. Sabiéndolo.
No voy a caer solo.
Se rió y me agarró la mano.
Seguimos caminando en silencio mientras yo acariciaba mi nuevo montón de
libros.
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