Esa noche
tenía el casamiento de un amigo de la familia, donde iba a poder tomar todo lo
que quisiera y gratis. Así que me compré un whisky a las cinco de la tarde
porque el día ya estaba condenado a ser uno de esos días, y no había ningún sentido
en postergar el destino. Entonces fui a la esquina y volví con una petaca y
calculé que era lo único que necesitaría antes de tener que irme para el
casamiento. Bueno, pues esa petaca duro algo así como treinta y cinco minutos.
Tenía todavía algo así como dos horas de espera y el whisky me había abierto el
hígado, así que crucé de nuevo hasta la esquina pero esta vez para comprar un
vino. Por alguna razón me pareció que era la bebida más adecuada para ese tipo
de ocasiones. Todavía no sé si lo es.
Alguna
persona podría decirme que lo adecuado es no tomar más alcohol. Una botella de
agua capaz, o algo con azúcar. Prefiero ignorar a esa gente porque por lo visto
están en terrenos desconocidos, así como yo no espero que sigan mis consejos de
cómo quemar calorías.
El vino
estuvo bien, pero me dejó algo inestable. Tuve que acostarme un poco y esperar
que mi cuerpo astral y mi cuerpo etérico dejaran de bailar el twist en mí. No
me dormí, estaba en la cama balbuceando canciones de los Ramones y mirando al
techo. Sólo necesitaba un poco de Nada de Todo Esto que no es cama y techo y
paz mental. Tenía que recomponerme un mínimo para aquel casamiento en la noche,
en el que tomaría todo el whisky que pudiera y sería al mismo tiempo burla y vergüenza
del resto de mi familia, como le suele pasar a uno en esta clase de eventos.
Algo había
mejorado mi estado cuando salí de casa. O sea, no estaba normal, pero no estaba
tan mal como antes. Esto era un logro para mí, pero no significaba nada para el
resto de la gente que no me habían visto una hora antes cantando Llina isa
panrroquer. Así que llegué a la fiesta como un alcohólico incomprendido.
Mi hermana
me separó del resto cuando llegué.
-
¿Estás borracho? – me preguntó.
Le dije que
no, que había tomado un par de cervezas pero que como tenía el estómago vacío…
Hablar
tanto no me ayudó en absoluto así que cuando me lo preguntó mi madre sólo dije “No”
y me alejé. Estuve deambulando solo por
horas en el terreno que rodeaba el salón. Todo con el mismo vaso de whisky que
tomaba de vez en cuando y que al final terminó siendo más que nada hielo
derretido. No podía esperar a que sirvieran la comida, si es que no lo habían
hecho ya. Un poco de comida iba a ayudar.
Resulta que
cuando volví al salón la gente ya se estaba terminando su plato. En mi lugar
todavía estaba el mío por suerte. Me lo engullí como una hiena y no forme parte
de ninguna de las conversaciones que ocurrían alrededor mío. Sólo me interrumpí
para contestar “Bien” a la clásica pregunta de mi padrino de cómo iba la banda.
Terminé el plato, lo alejé al centro de la mesa y le hice señas a un camarero
encargado del Johnnie Walker.
Para
estirar un poco el asunto hice lo que nunca debe hacerse y le puse coca cola a
un Johnnie Walker. Me sentí un poco avergonzado por tratarlo como un Blenders,
pero deberían dejar de hacerse los chetos en los casamientos y comprar algunos
Blenders, aunque sea sólo con este fin.
Entonces
llegó el momento en que ya nada importa, justo cuando pensaba que quizás nunca
llegaría. La música subió y la gente empezó a pararse y bailar. La cuenta
regresiva a las corbatas en la frente y el cotillón había empezado, y ahí
podías estar vomitando tu bilis en una corona de goma espuma, y mientras no le
mancharas el vestido a nadie, a nadie parecía importarle. Vacié mi vaso, agarré
uno llenito y me fui al medio de la pista, y mientras todos bailaban, yo me
tambaleaba de un lado a otro con el vaso por los aires como si se tratara de un
toque.
Tuve un par
de miradas cariñosas con una compañera de trabajo del novio. Al menos eso fue
lo que me pareció a mí. Me acerqué y le tiré un chiste. No me escuchó. Acercó
su oído a mi boca. Se lo repetí. Esta vez lo escuchó pero no lo entendió o no le
pareció gracioso. Se dio media vuelta y siguió bailando. “Andate a la concha de
tu mandre” murmuré y seguí con lo mío. Me encontré a mi hermana y a mi cuñado
en algún lugar del mogollón. Mi hermana me agarró un brazo y empezó a girarme.
La giré yo también un par de veces. Mi cuñado me dijo que me termine el fondo
del vaso, y me estaba esperando con otros dos en la mano. Me dio uno. Esto me
puso de buen humor así que hice girar a mi hermana un par de veces más. Después
le puse la mano en la de su esposo y me desentendí de todo ese asunto, meneando
ebria y torpemente mi cuerpo y desapareciendo entre más gente.
Hay algo en
un disfraz que hace que todo te chupe más un huevo. Supongo que el problema de
la gente no es ser estúpida, si no verse estúpida mientras lo está siendo.
Cualquier cosa que te tape la cara parece acercarte a pensar que ya nadie sabe
quien sos. Hay una gran diferencia entre bailar con la cara al aire y bailar
enmascarado. Lo irónico es que una máscara llama más la atención que una cara,
y por ende más gente es probable que esté mirándote, mientras vos bailas
escondido en un falso anonimato. En mi caso no es tan importante el disfraz, al
menos no tanto como el alcohol. Si estoy bailando es porque ya se fue Un
tranvía llamado Decencia.
Pero no
importa porque ahí viene el trencito.
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