lunes, 2 de julio de 2012

Un tranvía llamado Decencia


Esa noche tenía el casamiento de un amigo de la familia, donde iba a poder tomar todo lo que quisiera y gratis. Así que me compré un whisky a las cinco de la tarde porque el día ya estaba condenado a ser uno de esos días, y no había ningún sentido en postergar el destino. Entonces fui a la esquina y volví con una petaca y calculé que era lo único que necesitaría antes de tener que irme para el casamiento. Bueno, pues esa petaca duro algo así como treinta y cinco minutos. Tenía todavía algo así como dos horas de espera y el whisky me había abierto el hígado, así que crucé de nuevo hasta la esquina pero esta vez para comprar un vino. Por alguna razón me pareció que era la bebida más adecuada para ese tipo de ocasiones. Todavía no sé si lo es.
Alguna persona podría decirme que lo adecuado es no tomar más alcohol. Una botella de agua capaz, o algo con azúcar. Prefiero ignorar a esa gente porque por lo visto están en terrenos desconocidos, así como yo no espero que sigan mis consejos de cómo quemar calorías.
El vino estuvo bien, pero me dejó algo inestable. Tuve que acostarme un poco y esperar que mi cuerpo astral y mi cuerpo etérico dejaran de bailar el twist en mí. No me dormí, estaba en la cama balbuceando canciones de los Ramones y mirando al techo. Sólo necesitaba un poco de Nada de Todo Esto que no es cama y techo y paz mental. Tenía que recomponerme un mínimo para aquel casamiento en la noche, en el que tomaría todo el whisky que pudiera y sería al mismo tiempo burla y vergüenza del resto de mi familia, como le suele pasar a uno en esta clase de eventos.
Algo había mejorado mi estado cuando salí de casa. O sea, no estaba normal, pero no estaba tan mal como antes. Esto era un logro para mí, pero no significaba nada para el resto de la gente que no me habían visto una hora antes cantando Llina isa panrroquer. Así que llegué a la fiesta como un alcohólico incomprendido.
Mi hermana me separó del resto cuando llegué.
-        ¿Estás borracho? – me preguntó.
Le dije que no, que había tomado un par de cervezas pero que como tenía el estómago vacío…
Hablar tanto no me ayudó en absoluto así que cuando me lo preguntó mi madre sólo dije “No” y me alejé.  Estuve deambulando solo por horas en el terreno que rodeaba el salón. Todo con el mismo vaso de whisky que tomaba de vez en cuando y que al final terminó siendo más que nada hielo derretido. No podía esperar a que sirvieran la comida, si es que no lo habían hecho ya. Un poco de comida iba a ayudar.
Resulta que cuando volví al salón la gente ya se estaba terminando su plato. En mi lugar todavía estaba el mío por suerte. Me lo engullí como una hiena y no forme parte de ninguna de las conversaciones que ocurrían alrededor mío. Sólo me interrumpí para contestar “Bien” a la clásica pregunta de mi padrino de cómo iba la banda. Terminé el plato, lo alejé al centro de la mesa y le hice señas a un camarero encargado del Johnnie Walker.
Para estirar un poco el asunto hice lo que nunca debe hacerse y le puse coca cola a un Johnnie Walker. Me sentí un poco avergonzado por tratarlo como un Blenders, pero deberían dejar de hacerse los chetos en los casamientos y comprar algunos Blenders, aunque sea sólo con este fin.
Entonces llegó el momento en que ya nada importa, justo cuando pensaba que quizás nunca llegaría. La música subió y la gente empezó a pararse y bailar. La cuenta regresiva a las corbatas en la frente y el cotillón había empezado, y ahí podías estar vomitando tu bilis en una corona de goma espuma, y mientras no le mancharas el vestido a nadie, a nadie parecía importarle. Vacié mi vaso, agarré uno llenito y me fui al medio de la pista, y mientras todos bailaban, yo me tambaleaba de un lado a otro con el vaso por los aires como si se tratara de un toque.
Tuve un par de miradas cariñosas con una compañera de trabajo del novio. Al menos eso fue lo que me pareció a mí. Me acerqué y le tiré un chiste. No me escuchó. Acercó su oído a mi boca. Se lo repetí. Esta vez lo escuchó pero no lo entendió o no le pareció gracioso. Se dio media vuelta y siguió bailando. “Andate a la concha de tu mandre” murmuré y seguí con lo mío. Me encontré a mi hermana y a mi cuñado en algún lugar del mogollón. Mi hermana me agarró un brazo y empezó a girarme. La giré yo también un par de veces. Mi cuñado me dijo que me termine el fondo del vaso, y me estaba esperando con otros dos en la mano. Me dio uno. Esto me puso de buen humor así que hice girar a mi hermana un par de veces más. Después le puse la mano en la de su esposo y me desentendí de todo ese asunto, meneando ebria y torpemente mi cuerpo y desapareciendo entre más gente.
Hay algo en un disfraz que hace que todo te chupe más un huevo. Supongo que el problema de la gente no es ser estúpida, si no verse estúpida mientras lo está siendo. Cualquier cosa que te tape la cara parece acercarte a pensar que ya nadie sabe quien sos. Hay una gran diferencia entre bailar con la cara al aire y bailar enmascarado. Lo irónico es que una máscara llama más la atención que una cara, y por ende más gente es probable que esté mirándote, mientras vos bailas escondido en un falso anonimato. En mi caso no es tan importante el disfraz, al menos no tanto como el alcohol. Si estoy bailando es porque ya se fue Un tranvía llamado Decencia.
Pero no importa porque ahí viene el trencito.

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