martes, 8 de abril de 2014

Morrones rellenos y una nueva esperanza con la humanidad

      Pongo los morrones en agua hirviendo por un minuto, como dice la pelotuda de Maru Botana en su pagina de internet revistamaru, que fue la primera que salió cuando quise saber como hacer morrones rellenos. Al lado del título (que es "Maru") está la foto de ella, sonriendo como si le pagaran por diente.  Me dan algo de ganas de clavarle un chuchillo Tramontina en la concha cuando la veo, pero eso está mal, porque es mujer. Si fuese el Gato Dumas (y dudo si poner gato con mayúscula o no) y alguien le clavara un cuchillo en la pija no pasa nada, porque es hombre, y por consecuente machista, y se lo merece. Pero Manu es madre, y siempre está de buen humor, y es madre, y me está explicando como hacer morrones rellenos, con su sonrisa hasta las muelas. Así que dejo ese pensamiento de lado y directamente bajo la página hasta que desaparezca su cara antes de que pierda el apetito. Maru dice: un minuto en agua hirviendo. Ni más ni menos. Así que le hago caso. Los dejo, mientras pico cebolla, queso y la tapa de los morrones que acabo de cortar. Después voy a ponerle la carne picada y voy a ignorar la salsa blanca, porque sí.
    Los morrones están listos. Apago la hornalla y busco plata para comprar un vino (¿Qué clase de vino va bien con los morrones rellenos? Un litro). Apago la bomba del baño, que dejé prendida accidentalmente, porque al flaco homosexual de abajo le retumba en todo el cuarto, y no lo digo discriminatoriamente, el tipo es en verdad flaco. Así que la apago y pienso en la última vez que la prendí. ¿Qué fueron? ¿Tres horas? ¿Cuatro horas? Pobre tipo. Me cae bien.
    Bajo las escaleras. La gente tiene sus bolsas de basura afuera. Llámenme paranoico pero no entiendo como alguien puede dejar su basura afuera. Cualquier persona que haya visto una serie o una película policial en los últimos sesenta años sabe que la basura contiene la mayor información sobre una persona. Aunque supongo que ahora con Facebook la basura que verdaderamente vale está en otro lado. De cuaquier manera, prefiero mantenerme alejado de las redes sociales y mantener la basura adentro hasta el momento que la tire en el contenedor, donde es tierra de nadie. Si me entero que la vecina del 201 está haciendo dieta puedo decir con toda seguridad que la gorda puta se comió una pizza ella sola ayer. Y si eso sirviera para encarcelarla, bien, capaz que no tengo que dejar el edificio cuando el alquiler se venza, aunque capaz que debería alejarme lo más posible de la dueña de la casa, cuyo parquet estoy haciendo mierda cada vez que no seco lo que se me cae.
    Sigo bajando las escaleras y salgo, con dos bolsas de basura en la mano para tirar en el contenedor de enfrente, pero hay una persona buscando entre la basura así que sigo hasta el próximo. Nunca sé qué hacer en esta situación. En parte pienso que soy como un mozo en un espeto corrido que llega con un nuevo plato. Por otra parte sé que si hay algo de comida en las bolsas que tiro, ninguna persona debería comerlo. Cuando tiro algo es porque se está pudriendo hace semanas en la heladera. No es como si cuando lo tire en otro lado no venga otro a recogerlo, simplemente no quiero darle a nadie algo podrido prácticamente en las manos. No quiero ponerle mi cara a la indigestión de nadie. Entonces sigo caminando y lo tiro en el siguiente.
    Camino hasta el almacén que está a una cuadra, y veo que la señora que atiende (y atendió recién a otra persona) se está alejando para ver su novela de mierda, Avenida Brasil o Bulevar España o lo que sea. Entonces le grito en vez de tocar timbre. Se da vuelta y me ve. Me dice:
    - ¿Con cuánto pagas?
    Le digo:
    - Con cien.
    Empieza a buscar en la caja. Le digo:
    - Pero ni siquiera te dije qué quiero.
    Me dice:
    - Ya sé lo qué querés - y se estira para agarrar un Santa Teresa Tannat.
    No juzga. Sólo se estira y lo agarra. El Tannat se cae de sus manos, porque cuando puso la estantería se olvidó que mide un metro con cincuenta, y está a punto de tirar un florero lleno de agua. Le doy la plata y ella me da mi vino y mi vuelto, haciéndome sentir como un alcohólico horrible porque sabe lo que voy a comprar de antemano. Pero no juzga. Porque no me conoce. Y por más cosas que odie de esta raza de subnormales que somos, hay cosas que admiro, y la indiferencia y la apatía son un par. Nada de "deberías no tomar tanto vino". No. "Mientras sigas dándome plata me chupa un huevo lo que pase con tu hígado". Y yo pienso: "Si todo el mundo fuese así no existirían las guerras".

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