Sucedió como estas cosas suelen suceder: por un impulso, sin previo aviso, y esta vez, como algunas otras, sin un estímulo directo, si no más bien por una tangente seguida por una sucesión de pensamientos inconscientes en espiral hacia un centro, donde emerge un único pensamiento, fuerte y decidido. Un espiral, que no sólo va hacia el centro, si no que también va hacia abajo.
Para empezar por el principio voy a decir que en mi trabajo hace dos semanas que se mandaron imprimir cien copias de un fixture del mundial. En el fixture, en la tapa, obviamente está el logotipo de la empresa, ya que fue hecho para los clientes que pasan todos los días. Algunos de los fixtures están puestos en el mostrador, junto con un fajo de folletos que muestra los análisis químicos y microbiológicos que hacemos, y otro fajo de folletos que explican los análisis eléctricos que se están haciendo desde fines del año pasado. En el mostrador sólo hay algunos pocos de los fixtures, para evitar que alguién se lleve de a veinte para repartir entre sus amigos y conocidos. Esto deja cerca de setenta todavía en un paquete y diez que se pueden ver desperdigados en mesas y escritorios por todo el lugar. Uno de los cuales encontré mientras trabajaba en una computadora. Esa fue la tangente del círculo en cuyo espiral me deslicé en menos de un segundo.
"¡Voy a comprarme el album del mundial y llenarlo!". La sucesión de pensamiento siendo, supongo: mundial de fútbol - debe haber un album - me gustaba coleccionar figuritas y llenar un album - ya estás grande - ¿dice quién? - touché - ¡voy a comprarme el album del mundial y llenarlo!
Ignorando las repercusiones que esto podía tener en mi vida adulta me decidí a hacerlo. Pero la primera traba no demoró en llegar. ¿Con quién voy a cambiar las figuritas que tenga repetidas? Entonces le mandé un mensaje a Pablito. Le dije: mirá, voy a hacer tal y cual cosa, me parece que vos deberías hacerlas también así después podemos cambiar figuritas. "Es medio paja", me contestó. Le expliqué que no tenía sentido. Nada tenía sentido en el mundo adulto. Todos anhelan volver a ser niños, sin preocupaciones, sin trabajos, y se olvidan que algunas cosas que hacían cuando eran niños pueden seguir haciéndolas, ¡incluso con las ventajas de ser un adulto!, cosa que no teníamos cuando eramos niños. Ahora la mayoría de los adultos no miran dibujos animados porque son para niños. Justo ahora que no tenemos porque irnos a dormir si no queremos y podemos mirarlos hasta que se nos caiga el orto. No coleccionamos figuritas, aunque tenemos sueldos y podemos comprarnos diez veces más figuritas. Que por cierto entiendo que le saca parte de lo mágico que tiene eso de tener determinada plata por semana para comprar figuritas y, exepto por lo más malcriados, esto hacía que todos los niños tuvieran más o menos la misma cantidad de figuritas. La cantidad de figuritas dependía de si tenías una figurita repetida y codiciada, que valía dos o tres figuritas no tan codiciadas. Hasta donde entiendo, el cambio de figuritas nos preparó para dos cosas importantes de la vida adulta: la primera siendo la destreza en negociar, y la segunda siendo la capacidad de mentir y actuar. Mucho antes de aprender a jugar al poker teníamos la cara de poker de cuando alguien tenía una figurita que necesitabamos ferventemente. "No sé... Federico la tiene y pide sólo dos a cambio". Mentira, Federico no tiene una mierda, pero es la cara de piedra lo que hacía que Matías no fuera con Federico a corroborar esa información.
Empecé a pensar en los viejos álbumes. Los viejos viejos. El álbum de Los Simpsons que venía con lentes 3D truchísimos para ver esos dibujos rojos y azules truchísimos. El álbum de Alf, con esas caricaturas espantosas (¿Te acuerdas de Alf? ¡Volvió! ¡En forma de fichas!). Monsters in my pocket. Las Figuritas Basurita. ¡Las Rock Cards! (Las primeras, antes que hubieran cosas como Fito Paez). Figuritas que se pegaban con cascola. ¡Cascola! ¡Eso sí que era Rock n' Roll!
Enseguida me invadió un sentimiento nostálgico que hizo que me levantara de un salto de la silla y me tomara la media hora de descanso para ir a comprar el álbum y cinco sobres de figuritas. Cinco sobres de una. Nunca me compré cinco sobres de una. Eso es una cosa de adulto.
Caminé dos cuadras hasta Millán bajo una lluvia fuerte (un detalle) con música épica de fondo (un invento) y me compré todo: el álbum y los cinco sobres. La mujer me atendió y le dije: "Dame el ábum del mundial y... cinco sobres". Se agachó a buscar un álbum. "Son para mi sobrino..." empecé a decir. "Andá a cagar, son para mí", y le di la plata. Me fui con mi álbum y mis sobres protegidos de la lluvia como si fuese un Mogwai, tentado a abrirlo en el camino. Tentado a olerlo, porque tengo ese fetiche con los libros, revistas y cuadernos (y ahora álbumes) nuevos.
Llegué de nuevo al trabajo. La mujer que estaba en el mostrador lo vió y me preguntó qué era. Le mostré, esta vez orgulloso. "Es el álbum del mundial", le dije, disimulando mi emoción, con cara de "yo que sé... sale cuarenta pesos".
- ¡Me encantan las figuritas! - dijo. No me sorprendí. Si alguien me podía decir eso era ella.
- ¿Ese es el álbum del mundial? Yo quiero comprarlo - dijo la otra administrativa desde el fondo.
- Compralo. Podemos cambiar figuritas después - le contesté yo.
Me dijo "sí". Pensé que capáz que había subestimado a mucha gente. Por otra parte entendí que las personas con hijos o nietos vieron renacer su amor a las figuritas a través de ellos, al igual que con los dibujos animados y pintar y todas esas cosas. Entendí que los adultos son adultos hasta que tienen que interactuar con niños, aunque después vuelvan a ser adultos. Y entendí también por qué a la gente le gustan los niños, por más que yo no les tenga mucha estima a la gran mayoría de ellos. Pensé que si el espíritu infantil no fuese tan reprimido podríamos precindir de los niños de una vez por todas y esta raza podría extinguirse tranquilamente con sus adultos mirando Tom y Jerry hasta el fin de los tiempos, y, más allá de lo que acababa de conseguir, este pensamiento fue el pico alto de mi día.
Llegué a casa y abrí los sobres. ¿Las figuritas eran más grandes antes o es que yo era más chico? O sea, sin contar las Rock Cards. Esas hijas de puta eran grandotas y de cartón. Te podían sacar un ojo si te la tiraban con suficiente puntería y odio. Lo que hacía perder un ojo por Axl Rose la forma más humillante de perder un ojo. Elijo pijaso a la cara cualquier día de la semana. Pero, ya sea por mis sobredesarrolladas manos o por la inflación, las figuritas parecían diminutas entre mis dedos. No le di bola. Las abrí y las trabajé cuidadosamente. Primero uniendo los estadios. Después junté las figuritas por equipo. Sólo después de hacer esto me di cuenta de que era un hombre adulto pegando figuritas. Cuando las fui a pegar fui por orden de páginas. Seguro que no era tan meticuloso de niño. Separé las láminas del papel y tardé unos segundos con cada una para que no quedara desfasada de su marco, cosa con la que iba siendo cada año más perfeccionista. Las figuritas de Alf y de Los Simpsons estaban pegadas como el reverendo ojete.
Mientras terminaba de pegarlas pensaba en que seguro que ni siquiera había una lista con los números para ir tachando las que ya tenías, cagándome, sin ni siquiera fijarme, en las nuevas generaciones. Cuando terminé de pegar todas me fijé y sí había una lista de números. Lejos de disculparme con el álbum me limité a pensar "bien" con un tono condescendiente, "Al fin hace algo bien esta generación de mierda", como si los álbumes fuesen hechos por niños.
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