La mayoría de mis alfileres se cayeron, en el momento en que mi caballo aminoraba el paso, frenaba y volvía sobre sus propios pasos camino al living. No lo seguí. Los caballos suelen tener una opinión negativa acerca de mí. Creo que malinterpretan la mayoría de mis chistes. Una vez, ¡juro que una vez!, estuvieron a punto de molerme a golpes cinco de ellos.
Días después me clavé un alfiler en el pie por caminar descalzo, pero esto fue en la casa de mi profesor de piano. Incidente bizarro. Realicé unas cortas pruebas para asegurarme que no me encontrara en un sueño, y así como noté que el reloj permanecía inmóvil, me desperté transpirado en un colchón en el piso. ¿Quién transpira tanto en invierno?, llegué a pensar, pero mi línea de pensamiento se vio interrumpida por esta otra: ¿qué hace un perro en un microondas?
- -No te preocupes por el perro – dijo una señora en salto de cama y con unos ruleros verdes en la cabeza. – se cayó a la piscina. Estará listo en un minuto o dos. – pero antes de llegar a estar del todo seco el perro explotó.
- -Mierda… - balbuceó la vieja y desapareció por la puerta de la cocina. A los pocos segundos volvió a aparecer con un Fabuloso y un trapito húmedo. – Tengo que hacer algo sobre esa piscina.
El almuerzo fue algo extraño, y no lo digo por los ravioles, que después le confesé que me resultaron exquisitos. Pero Mirta no paraba de hablar de su hijo, que estaba en la guerra, y que a veces le mandaba fotos de él desnudo a su novia, y que su hijo era su mejor amigo, y así y así. Yo le decía a todo que sí, excepto cuando me pregunto si me molestaba que pusiera un programa de juegos en la tele. “Me gustan los premios”, fue su más sincera explicación. “Sí”, volví a decirle. “Sí, sí, sísísí”. También me habló de que una vez había ganado una licuadora. La licuadora no se rompió, el concurso no era una estafa y nadie había muerto en el proceso de hacérsela llegar hasta su casa. Esa era toda la historia. Duró cerca de diez minutos. Repetí ravioles.
Le pregunté qué pensaba de la peculiaridad de que yo me haya despertado en un colchón en su piso. Me dijo que había una foto de su hijo en ese colchón. La sacó de la billetera y me la mostró. El hijo estaba desnudo. “Por lo visto es algo que hacía antes de la guerra”, suspiró. “Y dicen que la guerra cambia a un hombre”. La volvió a doblar y a guardar, y se dio vuelta a buscar algo en el placard. “¿¡QUERÉS UN TÉ DE MANZANILLA!?” gritó como si yo hubiese dejado de repente de estar a medio metro de ella. “¿Cómo?” le pregunté. Lo repitió. Esta vez a un volumen normal. Le dije que sí gracias.
- -¿Te molesta si fumo? – le pregunté.
- -Para nada – contestó. Así que la saludé y me fui de ese lugar.
Hay algo en la esquina de Frugoni, hay algo en la esquina de Frugoni, hay algo en la esquina de Frugoni que siempre me produce una erección. Todavía no sé que es, y tampoco lo supe aquel día, cuando avergonzado corrí hasta el bar más cercano y pedí una medialuna, hasta que se calmara mi erección.
Cuando por fin lo hizo, dejó consigo un maravilloso nuevo espectro de colores. Juraría que vi un verde completamente nuevo en el vestido de aquella señora gorda. No en vano la seguí hasta la casa y amenacé juguetonamente con piedras a aquella señora gorda, con que le partiría una de ellas en el hocico si no me permitía poseer parte de ese vestido verde y no sé qué. Me acuerdo de alzar una sobre mi cabeza para que entendiera la seriedad del asunto. Se arrancó un poco de pollera y me lo dio. Le pregunté donde estaba la confitería más cercana, ya que DEBÍA llevar a casa para la cena una tarta de puerro. Estuve soñando despierto con comer una tarta de puerros desde que volví de Rocha.
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